No hacer nada | Esperar

Me encanta no hacer nada, leemos a las instagramers de verano. No me refiero a ese dolce far niente —odio esa expresión— sino a no hacer nada con tu vida. No a dejarla pasar, a tirarla por la borda, a renunciar, a desertar, sino a esperar. Hacer algo, de hecho, seguir con tus siembras, leer esto para aquello, escribir un poco más de eso, organizar un poco más de lo otro, pero mientras tanto, un gran esperar. Aprender a esperar sin desesperar. Aprender a que uno puede hacer hasta un punto, pero el resto depende, demasiado, de los demás. You’ve got to serve somebody. Un los demás y sus circunstancias. Un asumir el ritmo, siempre misterioso, de la vida, con su dosificación siempre arbitraria y sin VAR de las buenas y malas noticias. Un lidiar con tus limitaciones y domesticar la idea de que la espera puede ser en balde, pero que no se puede hacer otra cosa. No hacer nada. Esperar.

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Takiko Mizunoe, Asakusa Theatre, Tokyo 1938 / Hiroshi Hamaya

 

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No comer | Marea baja

Dice Pierre Minet en La derrota que la ausencia de todo alimento durante cuatro, cinco días, estaba entre las mejores sensaciones que experimentó en su vida. De las más enriquecedoras, de las más «saciantes».

«Producía sobre mi organismo un efecto idéntico al de la droga cuando iba unida a la necesidad de sueño, a la inmensa fatiga provocada por una marcha eterna, al frío y a la sed».

Hace ya muchos años, quizá coincidentes con el fichaje de Cristiano Ronaldo por el Real Madrid, que me alejé de ese espíritu del que habla Pierre Minet. No se trata de ser tan extremo, el sendero del medio, pero sí nivelar la balanza hacia este lado, tras demasiado en el otro. Y tampoco se trata de un esfuerzo, al revés, sino de un feliz descubrimiento. No comer. Ayer lo hice, hoy también, apenas algo para desayunar y un par de sopas frías. Sin pena, con gloria. Recuperar un viejo estado del alma, una lentitud, una no-ansiedad. Notar cómo tu cuerpo desengorda, se contrae poco a poco hacia la virtud y el vientre plano. No comer, suavizar al animal interior y, entonces, no beber, beber menos, vivir más.

Sentir ese yo, ese tú, que creías muerto, aquel con el que escribiste alguna página buena, pura, aquel yo, aquel tú, que estaba en las cosas, como este atardecer sin nadie en Madrid, siguiendo al sol, que no eclipsa hoy luna alguna, en su descenso hacia el oeste. Pensar en Osho: «La música está en el silencio y en el silencio está la música».

Comer, no comer.

Ayer me compré un imán tras ver la expo de Boudin/Monet. Los muelles de Trouville, marea baja, 1870. Comer, no comer. Marea alta, marea baja.

 

‘Lárgate de aquí, zorra’

Empecemos con la de cal y luego la arena. La primera escuece, se supone, la siguiente calma. Pues bien, creo que al libro de Txani Rodríguez (Llodio, 1977) le falla el título. Editado con elegancia por Tres Hermanas, lo de Si quieres, puedes quedarte aquí (2016) nos recuerda —a mí por lo menos y a un amigo que me comentó lo mismo— a eso que decía Antonio J. Rodríguez de literatura para abuelas en sillas de ruedas. Y, joer, no es que la novela de Txani prescinda de ciertos elementos de ternura, como la relación entre Andrea y Rosario, dos mujeres que se ayudan por encima de términos asépticos como la sororidad, pero no van por ahí los tiros del tono general. Porque hay una mirada empática entre esas mujeres, pero también hay mucho rocanrol, que diría el editor (de otros libros) Pablo Mazo. Y el título, opino, no hace justicia a ese chicha literaria en la que se juega con una suerte de secta neorrural y el abuso psicológico de un tal Gonzalo, que en su pasivoagresividad trata de comprar los afectos de Andrea, primero con pasta y luego con una suerte de dominio en la distancia que Andrea acepta con una sumisión inquieta, caduca.

Por eso, si el título hubiera sugerido parte de ese rocanrol, con una propuesta tipo Lárgate de aquí, zorra, quizá la novela habría tenido un reconocimiento mayor, al que sumar a la nada desdeñable posición de finalista en el Certamen de Novela Corta Ciudad de Barbastro, o al par de ediciones, si no me equivoco, que hasta la fecha tiene la novela.

Cuando el editor, Ramiro Domínguez, me aclaró que el título tenía esa cierta sorna siniestra a lo Todo irá bien, de Matías Candeira, entendí que la novela no era precisamente literatura entrañable para las tardes de otoño. Txani se sube al carro de lo inquietante, de la tensión psicológica, hay ecos de Sara Mesa y su Cicatriz, de Elvira Navarro y cierta desolación urbana trasladada en este caso al mundo rural.

La historia tarda un poco en entrar en harina, y se se echa en falta algo más del ambiente enrarecido en ese lugar apartado que frecuentan personajes con aspecto de veteranos del Vietnam sin guerra alguna a sus espaldas, como el tal Otermin o el ruso Alétkei. Pero poco a poco el lector se va adentrando en esa realidad paralela en que se convierte el universo de Andrea, que por momentos no sabe distinguir si lo suyo es virtuosa libertad o un encarcelamiento de barrotes invisibles. Ahí encontramos la fuerza de esta novela que, como digo, se atreve con temas potentes, como el dominio calculado que sobre Andrea ejerce su pareja, lo que hace avanzar la trama hacia cotas más violentas, tanto en lo físico como lo psicológico.

La novela ofrece una prosa clara y concisa, con algunos destellos estilísticos, y tiene algo difícil de apresar, una música inquietante, una vibración oscura entre la apariencia de normalidad, que hace que uno quiera seguir leyendo, preso de cierto veneno adictivo. Hay que escribir de lo que no habla, decía María Zambrano, y Txani Rodríguez lo sabe. Por eso, leeremos con ganas lo próximo que mande a imprenta.

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Txani Rodríguez

 

 

Elegancia

Cafard, en francés, suena elegante. La elegancia de las cucarachas, la última novela de Donna Bartok. En castellano, suena a cloaca, a submundo, a bichejos que se alimentan de excrementos. En francés, a insectos que exploran los adoquines, en la noche parisina de los años treinta que retrata un Brassaï cuyos planos generales no atienden a estos ‘ortópteros’, como los llamaba erróneamente Ángel González.

 

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Brassaï (en la Fundación Mapfre de Madrid)

Envidia de rockero

Siempre he envidiado de las estrellas de la música la ingente documentación que sobre sus vidas existen. De cada etapa, de cada disco, de cada corte de pelo, de cada ciudad, de cada mujer: de todo hay referencia gráfica. Hoy, con las redes sociales, pasa algo parecido. Llegué a las redes hace diez años, con 28. ¿Dónde está el registro de toda mi juventud? ¿Juventud perdida? Los Beatles se separaron poco antes de los treinta. Los futbolistas viven su mejor década también en esa veinteañerez que cada vez se dilata más.

Quizá no envidie esas fotos, ese álbum tan pulcro y documentado, sino la existencia de esas etapas, la rosa, la azul, que debería tener todo artista y que no dejan de ser un asidero, no menor, o una trayectoria que se rebela ante lo errático. A lo mejor las he tenido y no me he dado cuenta o es demasiado pronto para saberlo.  O que desde el bosque no se ve la montaña.

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Eric Clapton

La chapa del mundo

En inglés suena mejor, veneer. Lo dice Xu Lei, que inaugura exposición estos días en la Marlborough, a propósito de la realidad, siempre con ese carácter incierto, irreal. Y que lo que vemos no es sino la chapa de una maquinaria que, todavía, se nos oculta. El artista como ese ser que trata de indagar bajo esa pesada losa de metal tras la que estarían los engranajes de todo esto. Claro que, insinúa, quizá debajo sólo haya vacío. Entiendo que en ese quizá, que en la entrevista ni siquiera llega a formular, estaría el sentido de su arte, del arte. ¿Dónde si no?

Estados Unidos y Estados Unidos

En Wild, Wild, Country, primer capítulo, hablan de cómo los acólitos de Osho se instalan, bajo su dirección, en el estado de Oregon. En mi estreno como espectador, puntual, de series, perdón, de serie, quiero ir despacio y con buena letra y me pregunto por la situación precisa de Oregon. No recordaba, por ejemplo, que estuviera tan al oeste ni que tuviera costa. Pero, fijándome de nuevo en el mapa —revisemos los mapas— reparo esos dos Estados Unidos que parecen enfrentados. No ya el norte y sur guerracivilista, sino el este y el oeste, el uno verde, montañoso, el otro, seco, árido, jaramesco, erial sobre el que levantar sectas locoides, paraísos del juego o mecas del cine. La idea de lo yermo como terreno fértil para diversas empresas humanas.

No sabemos nada.

Hay dos Estados Unidos; un ciego, deslizando la mano sobre un mapa de relieve se daría cuenta antes que nadie. Minnesota, Iowa, Misuri, Arkansas, Luisiana son el reverso florido de las ariscas dos dakotas, Nebraska, Oklahoma y Texas. Tantas películas americanas y en ninguna escuché el dato.

Tampoco sabemos nada de Anchorage, la ciudad más poblada de Alaska, una suerte de Tristan da Acunha norteamericana, nortenorteamericana. Viven casi cuatro cientas mil personas, contando la periferia. Ha sido distinguida hasta en cuatro ocasiones con el All-America City.

 

 

El volcán celeste de Ben Clark

Yo, que a veces soy un poco tonto, pensaba que lo de La poesía celeste (Visor), que así se intitula el último y trigésimo premio Loewe, enhorabuena, libro de Ben Clark, hacía referencia al azul. ¿Cómo era aquello de Lina Morgan? Celeste no es un color. Pues eso. Celeste, de cielo, coño, Eduardo. Reinterpretado el título, ¿puede haber algo más evocador e inquietante como algo así como patrullas del orden celestial? En un tiempo más antiguo que Dios, donde cada beso confirma que hay un beso por dar, por recibir, y aquí parafraseo al poeta ibicenco nacido en el año de Orwell.

Mas el poema que da título cósmico al libro no es de mis favoritos, confesaré. El Ben Clark que más me gusta, en esta ronda incipiente por sus versos, en la noche no-densa y no-negra en que lo leo, es el que baja más a la tierra. A las viñas incluso. Joder, me encanta el de Frente a las viñas y su potencialidad para hacer algo tan raro como hermoso: callar. Hay generosidad en esas extensiones de la tierra, en esos brazos tortuosos que, como jirones de flamenco, parecen querer reptar hacia lo celeste pero por el camino más intrincado.

(…)

Las cepas viejas callan para todos; 

no se cosecharán secretos de sus nudos, 

ni crecerán metáforas

bajo las hojas verdes de la parra. 

Pero es con su ademán que nos conmueven,

pero es con su tesón que nos invocan, 

pero es con su silencio que nos hablan.

 

Este libro merece, entre otros méritos, el premio Loewe en la editorial más señera de poesía que nos podemos echar al ojo por poemas como el dedicado a la isla más poética jamás hollada por el hombre (y la mujer): Tristán de Acuña, Tristan da Cunha en su voz lusa, aunque ahora sea una colonia británica con su volcán y todo. Volcán que estalló en los años sesenta del pasado siglo y forzó a muchos a una acogida forzosa, manque agradable, en la británica madre patria, tierra más firme y menos aislada que, porque eso es lo que es, la isla más aislada de las islas. El cacho de tierra más cercano: Santa Elena, do desterraron al mismísimo Napoleon sin tilde.

Pero volvamos al Tristan da Cunha del bueno de Clark, remotísimo lugar al que se acerca al modo de un Shanti Andía, ese «aventurero pasivo» que dijo aquel, es decir, desde el despacho y la tecnología. Cita Clark al volcán tristano, pocos lugares tan cubiertos del chapapote de la melancolía como esa isla, en la también conocida como Edimburgo de los Siete Mares. Hubo hombres aguerridos que quisieron refugiarse tras de ese volcán ya dormido, no como sus marineros corazones en ebullición.

Es ese fulgor, esa llama inextinguible, que diría Javier Serena, el que, como la sangre que nos ofrecen las uvas de las viñas, recorre las simas de este poemario de múltiples lecturas. Esto me lleva a coincidir con Enrique Vila-Matas cuando dice que Ben Clark concibe la poesía como una aventura, ahora activa, añado yo. Explorador de abismos, dice el autor de, precisamente, Exploradores del abismo. Toma ya.

Porque Ben vuela alto cuando viaja por confines siderales, pero también cuando viaja a la tierra y se cuela por el ojo del volcán.

(…)

Pero muchos

buscamos con la luna un puerto tibio

cerca del puerto frío y sé que todos, 

dormidos o  despiertos, esa noche

susurramos el nombre del volcán.

 

Ni un minuto

Quizá escribimos para eso. Para no tener ni un minuto libre. Para no sentir un resquicio de tiempo muerto, ese hueco de frío, de muerte, que tapamos con la masilla de nuestra hiperactividad digital. Escritura, reescritura, corrección inicial, corrección intermedia, corrección final y vuelta a empezar. ¿Para qué escribimos? Para evitar esa angustia, la del vértigo de la libertad, el vacío de la desocupación, las horas de goma quemada.

Stevenson escribió en defensa de los ociosos, y yo compré el libro y el argumento, pero el escritor es todo menos ocioso. Nunca ha terminado su labor, siempre podría estar haciendo más e incluso en el ocio está escribiendo, en esa escritura sin teclados que es más importante que la propia escritura. Con todo ello, no hay tortura, no hay esclavitud, sino un horizonte de plenitud que a menudo se alcanza, pero que no conviene airear demasiado, no sea que se enteren los demás.

‘Solenoide’, monumento a la ficción (3/3)

Movido por un ánimo entre fetichista, de bibliófilo que sabe que un libro firmado por el autor tiene aún más valor, aunque sea sentimental, imaginemos una edición de ‘Guerra y paz’ con la firma, placa, de Tolstói en sus primeras páginas, me acerqué a FLM a que Cărtărescu me firmara mi Solenoide. Luego dice que no entiende para qué sirven las firmas de libros. Me causa estupor (y temblores) que alguien capaz de levantar el citado monumento, con toda esa sagacidad psicológica, esa empatía, capacidad de observación, etc., no entienda que a la peña en general le pueda hacer ilusión conocer de cerca a quien ha sido su compañero intelectual, de alma incluso, durante las semanas largas que ocupa la lectura de su libro. Eso, y su canon literario, eminentemente masculino, ranciete, me acercaron a la persona, cuando hasta entonces sólo conocía al escritor. Se cumple un poco eso de más vale la admiración misteriosa que el conocimiento personal.  No comulgo con eso de que un artista puede ser un mezquino subhumano filotal —¡no es el caso!— si luego nos regala obras excelsas. La obra de arte debería ser una prolongación de quien ha convertido también su vida en arte.

Quizá sólo unos pocos logran ambas cosas.

En cualquier caso, Solenoide es una obra excelsa, y me gusta que el propio autor diga de ella que refleja la fealdad, cuando a mí me pareció tan bella, porque también puede haber belleza en lo feo, ahí está su mérito, para eso se inventó la literatura, por ejemplo; y me gusta también que diga que la próxima entrega en España (septiembre), Cegador, sea en cambio el reverso, porque habla «de la belleza absoluta». Leeremos.

Hay belleza en Solenoide cuando el protagonista sin nombre se refiere, por ejemplo, a orama, «el sueño esencial más verdadero que la realidad y único túnel que se abre en la pared del tiempo, a través del cual podrías escapar». Porque es el sueño de la fuga y procede de otra dimensión. En ese orama se condensan alguno de los pocos elementos recurrentes de esta obra sin trama, sin planificación, con un desarrollo lento, imperceptible, pero desarrollo al fin y al cabo, ya que todo conduce hacia el clímax. Porque orama es el plan de fuga de que recibes en tu celda, leemos, página 553, gracias a los martilleos en una pared a decenas de metro de altura sobre el mar.

Esa imagen, como la de las huellas de pasos en la nieve que de pronto cesan, abre la puerta del misterio, apuntalando sin querer queriendo otra de las ideas fuerza, que diría aquel, la de la fuga. El salto a la cuarta dimensión, al teseracto. Todo en Solenoide, el propio aparatejo, solenoide, bajo la cama y con el que levita el protagonista sin nombre y su amante Irina, apuntan hacia otra dimensión. La propia literatura, el hecho literario, la sublimación de las palabras, actuaría también como el campo magnético del solenoide con minúscula, que también es recurrente en la novela. Como lo es incluso el sexo: «portal hacia el verdadero palacio, el del cerebro».

Solenoide, la novela, parte de una suerte de ejercicio de autoficción, con referencias, literales, al ombligo del protagonista (página 14), en lo que entiendo que es una parodia, para después levantar el vuelo hacia la ficción con mayúsculas. Aquella que, como orama, tiene algo de sueño esencial, de pasaporte hacia aquellas regiones sin explorar, hacia el viaje verdadero.

Solenoide, monumento a la ficción (1/3)

Solenoide, monumento a la ficción (2/3)