I am so nervous

La cosa se trata de pasar nervios o no. Mi biografía cardiovascular sería, en general, plana, con momentos puntuales de picos. Esos son los que cuentan. El sendero del medio, sí, vale, el wu wei, también, pero de vez en cuando necesitamos algunos de esos picos, ePicos, la épica de quien hizo algo que le acojonaba. Y lo superó. Aunque fuera a medias, aunque tropezara en el intento, como Patti Smith, ceremonia del Nobel 2016, con un Bob que le deja el marrón de dar la cara. I am sorry, I am so nervous. Minuto dos y algo. Patti rompe ahí el protocolo, el corsé, esos modales que nos alejan de los animales pero para convertirnos en alguien que no somos. I m so nervous.

¿Qué son los nervios? Sólo quien los ha sentido alguna vez podrá decir algo de ellos. Quizá haya un empleo bueno o malo de ellos; esa necesidad del pico, del momento álgido que genera primero angustia y luego, en general, espesa satisfacción. El no enfrentarse a ellos podría volverse en tu contra, convertirte en una suerte de dominguero agresivo capaz de entregarse a las causas más dañinas, abrazándolas del modo más tóxico posible.

Hay algo misterioso en los nervios. Uno puede esquivarlos y añadir después algún pretexto, cá, esto no es para mí, o enfrentarse progresivamente a ellos. La vida es al final un gran libro de autoayuda, sólo que camuflada con la elegancia que te escamotea el último best-seller de aeropuerto.

Anuncios

Lazos amarillos

Foto: Cadena Ser

Comparto cada vez más el ánimo exultante de James Rhodes por vivir en Madrid (y no en cualquier otra parte del mundo, a pesar de sus problemas). Tiene debilidades, pero una de sus virtudes es no tener la necesidad de hablar de política a cada rato o, lo más importante, no tener que callar sobre temas de política.

Presentación de El golpe posmoderno (Debate), de Daniel Gascón. El editor, Miguel Aguilar, agradece que la indumentaria sea uniforme en lo que a distintivos ideológicos se refiere. «En Barcelona, en una presentación de un libro cualquiera, una biografía de Bach, la mitad de los asistentes llevan lazo amarillo», constata/se lamenta.

No llevarlo ya es expresar algo. Argelia Queralt se queja de que el lazo no es tanto una reivindicación legítima como un dejar claro con quién se está. Y con quién no estás tú.

El amarillo, como el chapapote del Prestige, llega también a las costas. Esperemos que no llegue al Manzanares.

¿Puede vivir el hombre, la mujer, sin un proyecto político? Ese es otro debate. Creo que no envidio nada de la situación de Cataluña. Ni siquiera al indepe convencido, implicado feliz con su causa y sus reuniones en el Òmnium. Contra la juventud, decía aquel.

Coda: dijo Queralt que quizá la que había vivido en una suerte de mundo paralelo era ella. Al pensar que Cataluña era una sociedad cosmopolita, acogedora, abierta, moderna…

 

 

 

La historia alternativa de Philip Roth

Philip Roth nos deslumbró con su ‘Patrimonio’, historia netamente autobiográfica que hubo de subtitular, por si no quedara claro, ‘Una historia verdadera’. Era el tiempo —1991 en EEUU— en que el lector, aunque aquí tiro de intuición, no estaba acostumbrado a que la realidad pura y dura, los hechos, fueran materia literaria. Otro título suyo dejaba poco resquicio a la duda, ‘Los hechos’, editado también en España en Seix-Barral y que desde aquí recomiendo, a pesar de ser bastante poco conocido. En ese libro autobiográfico demostraba que, como dijo Machado, la verdad también se inventa. Es decir, la no ficción también es ficción, en el sentido de que, para que llegue al alma, necesita un trabajo, un tratamiento, una manipulación en el sentido positivo de la palabra. Hay hechos, sí, pero aquellos que elegimos, el enfoque que les damos y el humor con que los escribimos acaban con todo intento de asepsia, pues si algo es la literatura es todo menos asepsia. De ahí la ficción de la no ficción.

De su ficción propiamente dicha, leí ‘El animal moribundo’, ‘Elegía’ y abandoné algún que otro título, como ‘El pecho’, al que no le pillé la gracia; a ‘La mancha humana’ le habría recortado algunas decenas de páginas. Me atrajo su capacidad para proyectarse en sus alter egos, en un ejercicio de autoficción que a menudo resultaba casi sonrojante por el posible trasunto con su vida real. Como sus estrategias, las de David Kepesh, perdón, para acostarse con sus alumnas universitarias. (Como esa fiesta de fin de curso en la que el profesor abría la puerta de su casa, por tanto de su intimidad, y que comenzaba a una hora prudente; pero el alcohol hacía mella y, siempre, estadística pura, había una chica que se quedaba rezagada, ay, ¿se han ido todos ya?).

Muchos reclamaban con insistencia el Nobel para Roth aunque no tengo claro que sus obras estuvieran en la «dirección ideal», que exige el espíritu del premio en sus bases no escritas. De hecho, nunca tuve claro cuál era el posicionamiento ético de Roth, claro que apenas conozco una ínfima parte de su obra: quizá en ‘La mancha…’ se concentren todos sus ideales de justicia, de dignidad, frente a la inercia de la estupidez circundante. Pero la imagen que me hice de él fue la de un autor más bien cínico, neurótico, obseso sexual, nihilista, egoísta y posmoderno. Quizá su gran valor fue el de, como valoraba Henry Miller,  levantar acta de su tiempo. Pero su tiempo no fue el más ejemplar de la historia.

Entre sus novelas que quiero leer, ‘La conjura contra América’, ese ejercicio de historia alternativa, contrafactual que se llama, porque quizá refleja su más íntimo anhelo. El de haber vivido, como canta Battiato, otra vida, otros hechos.

 

‘Solenoide’, monumento a la ficción (2/3)

Alguien dijo que después de El Quijote era ya imposible escribir más nada. Podríamos decir que la literatura española aún no ha superado esa cima, como no se ha publicado un disco como el Sgt. Peppers desde hace medio siglo y un año.

La lectura de Solenoide te deja hecho fosfatina, que decían en Zipi y Zape. No por ardua, que a ratos también (decía el editor Enrique Redel que se le acusaba de excesivo, y razón no le falta), sino por la carga ficcional que conlleva. Una ficción que, si bien la novela comienza ligera, en torno al ombligo del protagonista sin nombre, poco a poco va ganando peso y nos cuela en otras dimensiones. En el teseracto, esa figura que es como un cubo dentro de un cubo y que parece una rendija para colarse en otra dimensión. La lectura de Solenoide tiene algo de avistar el abismo de lo insondable y uno acaba el libro como si hubiera sido testigo de un tipo de verdad nunca antes masticada. Como si en sus páginas se encerrara, o se apuntara, a esa cuarta dimensión.

Pero Solenoide no es un libro de ciencia-ficción, aunque haya ciencia y haya ficción. La obra de Cărtărescu bascula entre lo mágico y lo científico, fusionando ambas cosas, como se fusionó en tiempos de Giordano Bruno, cuando mago era sinónimo de científico, de alquimista, de aquel que iba más allá de una religión entendida como un campo de dogmas, de límites, cosa que el mago, el científico, está llamado a romper (recordemos que en los siete niveles de conciencia el mago está sólo por debajo del vidente y del ser realizado) . Y ahí está el milagro. El mero solenoide, artefacto, es algo milagroso, esa levitación con Irina bajo su campo magnético: se podrá explicar con un buen puñado de fórmulas, pero no por ello es menos milagroso.

Solenoide trabaja con esos materiales y, como digo, tras su lectura uno se queda notablemente patidifuso, consciente de que la novela le acompañará siempre. Porque ha abierto unas puertas en la conciencia que ya no se cerrarán jamás. Entraría así en la liga de las novelas extraordinarias, llegando a tutear, o tomarse unos canapés en un cóctel literario, con el citado El Quijote o con Crimen y Castigo.

No apetece ahora leer nada en una temporada, por la carga de ficción, esa ficción que trabaja con la verdad, con las hipótesis nunca antes formuladas que son también el camino hacia la verdad, pero también por el exceso. Confieso que en ocasiones me atoré en la maraña de sueños y en las descripciones reiteradas sobre procesos médicos infantiles que me hicieron pensar en una más que probable influencia del Bernhard de los Relatos autobiográficos, tan soberbio como pelmazo a ratos. Pero es un peaje que hay que pagar para apresar también los momentos de revelación que aparecen como la flor del almendro a finales de febrero.

Por otro lado, la ausencia de trama, más allá de un par de elementos —la cárcel de paredes aisladas, las misteriosas huellas que se detienen en la nieve— que se repiten, actúa como contrapeso para la peregrinación lectora. Uno se sumerge en el torrente literario-fluvial y va avanzando por la narración. Sus 51 capítulos se pueden leer, con total mindfulness, que es como hay que leer este libro, a uno por día y tendríamos una lectura creo que muy bien acometida. Desconfiemos de aquellos que devoran cierto tipo de novelas. Nada más lejos que un page turner que Solenoide, una novela de evasión, sí, de nuestra minúscula condición para ingresar en otra nueva y con visos de eternidad.

‘Solenoide’, monumento a la ficción (1/3)

Esta obra maestra, así, sin ambages, de Mircea Cărtărescu, es, ante todo, una obra de ficción. Ficción en el sentido más potente de la palabra, más noble, más a reivindicar, en tiempos en que parece gozar de cierto descrédito; yo mismo me dediqué durante años a poner en tela de juicio su vigencia. Eso respondía —y vengo de parir un artículo cuyo título, Creo en la ficción, lo dice todo— a una concepción materialista de la vida y, por tanto, de la literatura. En cuanto uno se convierte en creyente, así en general, en cuanto uno recupera al niño, ese ser puro, con fe, que no rechaza la magia ni el misterio, porque es aún humilde y sabio, lee ficción. Y acoge a la ficción en su vida como un eterno camino de aprendizaje, como un código capaz de orientarnos con menos torpeza en este mundo de sombras. La ficción como un vehículo de verdades, de intuiciones, hacia el otro lado. De todo eso hay, y mucho, en Solenoide, aunque uno crea, en los primeros compases, que se encuentra ante una obra de atractiva pero limitada autoficción. Nada más lejos, aunque pueda partir de esos barros para, como el protagonista sin nombre que levita con Irina sobre el campo magnético del solenoide, ascender a la ficción. Al otro lado. Al mundo del misterio. Por eso, esta obra no es para ese lector que antes era yo, ese lector quizá mundano, que no buscaba respuestas, ni preguntas, pues creía tener las primeras y no necesitar las segundas. Es una obra, maestra, áspera en ocasiones, reconcentrada, excesiva, pero también completa y generosa, que requiere el concurso de un elemento sagrado. La fe. Lo leemos en la página 673: «…porque el arte es fe, y si no hay fe, no hay nada».

continuará

Liverpool

Me cae bien Liverpool, cómo no va hacerlo la ciudad de los Beatles, con sus docks donde sopla un viento del carajo y en lugar de haber estatuas de John o Paul uno se encuentra con otro músico local, Bill Fury, del que no sabía nada hasta que fui a Liverpool.

A las ciudades hay que visitarlas para conocer su ubicación en el mundo. Hasta que no estuve en Liverpool no sabía que estaba tan cerca de Mánchester, que es donde, básicamente, empezó el mundo que hoy conocemos, en Ancoats y sus mills, las fábricas que procesaban el algodón que llegaba de Estados Unidos y que locomotorizaron, neologismo, la revolución industrial. Engels vivió mucho tiempo en Mánchester y desde ahí apoyó a su amigo Marx, y también así surgió todo, ‘El manifiesto del Partido Comunista’ que serviría al destino para seguir escribiéndose.

Estuve en Liverpool, que golea hoy a la Roma, con mi hermano Pablo, la mejor manera posible de estar en Liverpool, como biteliano que es, más aún que yo, que soy mucho. Era diciembre y entramos en el museo de los Beatles, The Beatles Story, y escribí algo en la extinta, qué pena, El Estado Mental. 

Recuerdo el viento insidioso, las chicas vestidas con vestidos de una pieza, de algodón, borrachas por las calles en pleno diciembre. Recuerdo un aire a ciudad-aeropuerto, con las mismas franquicias que en tantas ciudades, y pensar que Reino Unido me cae bien pero que le falta el allure poético de Francia, Italia o Portugal. ¿Lo tiene España?

Fuimos a The Cavern y, básicamente, animamos el cotarro cantando como posesos las canciones de ese sucedáneo de John Lennon que también se parecía, según ángulo, a George, Paul ¡e incluso Ringo!

Termina el partido: Liverpool 5 – Roma 2. Ojo a esos dos goles fuera de casa. Si gana la Roma, escribiré sobre Roma. No he viajado mucho, pero he viajado bien. ¿Cómo se llama lo contrario a la nostalgia, la dulce presencia del recuerdo de los lugares que has conocido, en los que has sido feliz?

liver.jpg
Zach Rowlandson

 

 

Wath the hell are you, Spain?

Si en la noche de los tiempos se acudía a Delfos para leer lo de «conócete a ti mismo» en el frontón del templo de Apolo, José Luis Ibáñez Salas ha hecho lo propio con España. ¿Qué eres, España? oWhat the hell are you, my dear Spain? para las sucesivas traducciones a las lenguas de aquí de allá, editado en Sílex, se apoya en esa fundamental pregunta básica: qué diantre eres, querida mía.

A menudo, damos por sentada la idea de España. Como se hizo, durante el trágico siglo XX con el marxismo, que en el XIX era una cosa y en boca y letra de Marx otra cosa distinta hasta el punto —aunque esto quizá sea mito— de que el mismísimo Marx dijera que no era marxista. ¿Somos españoles los españoles? Pa’ empezar, habría que definir qué es España, gracias JLIS, para decidir si uno se reconoce o no en eso que hemos venido en llamar España.

Claro que el cometido de JLIS en este libro no es exactamente ese, pues no pretende definir el país en términos esenciales, sino más bien realizar una velocísima descripción de España, a la que convierte en interlocutora y a la que interpela de tú a tú en todo lo que dura —apenas 117 páginas— este repaso histórico. Lo que busca JLIS —y consigue— es sintetizar nada menos que la historia ocurrida en suelo ibérico desde que hace un millón de años camparan por la sierra de Atapuerca, Burgos, ejemplares de homo antecessor, la especie más antigua de primates homínidos de la que se tiene noticia, leemos, en el continente europeo, hasta el vodevil puigdemontiano (apuntado).

Digresión prescindible: Nunca me interesó por cierto la prehistoria. Uno baila en la prehistoria, en esos periodos de decenas de miles de años, pleistocenos, paleolíticos, neardentales, cavernícolas varios de los que apenas conocemos nada. Aunque en el hecho de que uno de ellos estampara un bisonte en una cueva, la representación de un bisonte, marca el antes y después, el prodigioso origen de la humanidad, la civilización, la cultura. Hay quien dice que la cultura, ese momento en que el homínido salta de su sombra que hasta entonces es la Naturaleza, es el comienzo de la alienación. Porque el homínido ha abierto sin saberlo la caja de pandora; ya nada será como antes a partir de entonces. De eso se ocupan los historiadores, de analizar por qué hacemos unas cosas y no otras, de ese reguero de acciones siempre misteriosas que encuadramos dentro de esas grandes etiquetas llamadas Historia, Cultura.

¿Qué eres, España? Que nadie espere en el libro de JLIS una respuesta cerrada a tan abierta pregunta. Este libro no es un panfleto, ni un ensayo en sentido estricto puesto que no hay tesis final. Estas 117 páginas parten de un presupuesto más humilde y, sin embargo, hermoso. El de querer trasladar a sus hijos, y todo lector es también una suerte de hijo, la idea que el autor tiene de España. Pero para ello, se hace a un lado, y deja que hablen los datos, los hechos, los acontecimientos. La autoría estaría, pues, en la selección y el tono. Porque el tono de JLIS, y ese es uno de los puntos fuertes del libro, es cercano, ágil, con un punto de ironía amable. No hay caspa académica, erudición mareante ni ese estilo subordinado sin fin de otros académicos —pienso en esa Breve historia de España, de Fernando García de Cortázar que se me atragantó—. No, amigos, JLIS es un autor moderno, que se quita los complejos tradicionales del tener que demostrar cátedra, y que me recuerda al talante de ciertos ensayistas británicos mucho más frescos y amenos que muchos de los que premiamos por estos pagos (aún me dura el mareo tras la lectura de Los árboles portátiles, del bueno de Juaristi). Esto se demuestra en ¿Qué eres…? y en El franquismo, otra obra de JLIS que leí con gusto.

Diré también que la pretensión sintetizadora es tanto el punto fuerte como el talón de Aquiles de ¿Qué eres, España? Siendo conscientes de que se puede escribir una obra como Ulises basada en un sólo día, el 16 de junio de 1904, la lectura de este libro tan pequeño como condensado puede tener algo de tripi divulgativo. Por otro lado, soy de la opinión de que la Historia no se aprende tanto leyendo libros de Historia, sino por medio de películas, novelas, novelas históricas (de las buenas) y el recurso, posterior, para fijar, a los libros con pretensión objetiva de Historia. En este caso, ¿Qué eres, España? sería un buen aliado de ese acercamiento a la Historia que podríamos llamar poliangular. Sobre todo la parte dedicada a la Edad contemporánea, con la crisis final del Antiguo Régimen, que JLIS sitúa entre 1808 y 1833, y lo que forjaría la posterior España constitucional actual, con sus luces, sombras, defensores, detractores y una amplia bolsa de nifunifistas. Se nota que el autor es especialista en ese periodo de la historia de España, tan rico como dramático, tan ilusionante como decepcionante tan, ay, español.

Escrito desde el amor pero sin caer en la ceguera sino más bien al contrario, ¿Qué eres, España? se suma a la bibliografía básica para ir orientándonos en Estepaís que algunos, con complejo periférico o  desdén, se refieren como el Estado español, como si no hubiera nada que nos uniera, más allá de una administraciones en el paseo de la Castellana. En un tiempo de inabarcables exigencias lectoras, se suma una nueva: la relectura. Porque quizá, la lectura única de un libro, sea una mala lectura, o una lectura insuficiente. Yo pienso leer otra vez este libro de José Luis Ibáñez Salas.

 

Nunca escribas nada

Uno escribe sobre libros de sus amigos porque le gustan pero, además, porque en ocasiones son libros que propiciaron dicha amistad. Conocí a Javier Serena en la presentación de Atila, en Walden, Pamplona, a finales de diciembre de 2014. Me impresionó la historia que levanta en ese libro delicado, raro, en el mejor sentido de la palabra, con ese matiz francés de rare en cuanto a poco frecuente. Serena realiza una particular recreación de Aliocha Coll, un escritor real, que existió (al margen de que luego Serena lo convierta en personaje, cosa que pasa en cuanto hacemos literatura, ya hablemos de nosotros mismos o de otros) y que quiso llevar lo literario hasta donde nadie lo había llegado: a la ilegibilidad.

O sea, dar la vuelta de tuerca definitiva a la literatura, quizá llegada a una situación de cul de sac. Empezar por el principio del arte, como esos hallazgos recientes en La Pasiega, Cantabria, hechas por neandertales, que hay quien no considera humanos como tal. Escribir desde una nueva visceralidad, matar la razón, escribir desde el hemisferio derecho, como quien hace música. Reinventar la literatura. Escribir quizá más de verdad que nadie. Escribir hasta embriagar de un modo nunca antes logrado. No es lo que lo pensara como una estrategia de márketing artístico ni que tuviera veleidades warholianas; el drama, por así decir, de Aliocha, es que se creía su papel. Y quizá estuviera predestinado a ello: puedo escribir los versos más tristes esta noche. Tanto, que además no se entienden y el parnaso se le escurrirá a no ser por las revisiones a su figura más interesados en el personaje que, ay, en la obra. Se murió, de tristeza, de soledad, una tarde de noviembre en París, en 1990. Hacía un año de la caída del muro, pero se habían levantado otros. Aliocha, no escribas nada. Entre sus valedores, un joven Javier Marías que le dio cobijo en la Alfaguara de los setenta, cuyas ediciones cotizan al alza en el mercado de coleccionistas. Después de la novela de Javier Serena, más. Porque en esa novela, afrontada como recreación libre y no como una biografía, el personaje de Aliocha, el autor de esa última obra desesperada, Atila, encarna como nadie el abrazo también desesperado por el escritor hacia ese musa siempre escurridiza que es la literatura. No escribas nunca.

Escritores radicales

Serena ha seguido escribiendo, terco navarro como es, pero nunca contumaz. Ahora nos ofrece sus Últimas palabras en la Tierra (Gadir). Se trata, en realidad, de una alusión a una de las obras del escritor que inspira la novela. Porque Serena, terco que no contumaz, escribe ahora sobre otro escritor, escritor radical también, de nombre Ricardo Funes. Es, a su modo, otra recreación libre, un biopic sereniano sobre un escritor que el lector viejo reconocerá pronto, pero dejemos que sea ese lector viejo, o nuevo, quien lo haga.

Porque en la verdadera literatura, y aquí hay de eso, lo que importa es esa dimensión, la literaria, y el vaso comunicante con la vida es lo de menos. Incluso en la literatura autobiográfica, cuando se trasciende al campo netamente literario, nos da igual, nos debe dar igual, si pasaron o no pasaron tales hechos. Se manejan entonces unos materiales que nacen de lo real para acabar desapegándose, proponiéndote una experiencia literaria en la que nos olvidamos ya de lo demás.

Serena se vale de personajes que, si bien existieron, sirven igualmente de personajes. Encarnan actitudes, apuestas vitales. Son radicales. Hay algo que parece seducir al autor en esas apuestas algo suicidas, ora en Aliocha, ora en Ricardo Funes. Desde cierta barrera, Serena se dedica a analizarlos, a dejar que se desarrollen, a que interactúen dentro de ese mundinovi que ha creado a escala para ellos.

Lo luminoso

Pero Últimas palabras en la Tierra no es sólo un libro sobre un escritor. A Javier Serena le gustan los escritores que apuestan por el riesgo, le gusta la carrera literaria por lo kamikaze que puede ser, pero podría haber elegido otra batalla, como en su día trabajó con un trasunto de Iñaki Ochoa de Olza en una novela inédita titulada La llama.

Los personajes de Serena, y este Ricardo Funes especialmente, están poseídos por esa llama, suerte de bluebird bukowskiano pero en una versión mucho más luminosa. Como lo son las últimas y memorables páginas de esta novela, cuando se yuxtapone la conquista de esa cima ochomilera con los embates más duros de la vida. Es entonces cuando asistimos a un derroche de belleza, el de la celebración de la vida, del éxito, de la familia, que llega cuando falla lo esencial. Ese hombre de acción quieto, ese aventurero pasivo, como el Shanti Andía barojiano, que es Ricardo Funes parece por fin tocar con los dedos el fulgor de la existencia plena, tras tantos años literalmente encerrado, condenado en vida a ese infiernillo de la aventura domesticada que a menudo es la literatura, pero ya es tarde. Una lucha pagada quizá demasiado caro que le haría proferir esa frase en público, esa gran mentira que ni él mismo se creyó pero que, como hombre honesto que fue, no pudo dejar de pronunciar: «Nunca escribas nada».

Las novelas de Serena están transidas de una particular llama. Que no se apague nunca.

serena