Esa mustiez

Sala de Columnas del Círculo de Bellas Artes. La misma en la que Günter Grass me firmó, en esa Moleskine pretenciosa, año 2003, su autógrafo silencioso. No dijo más: me miró, sin quitarse la pipa de la boca, y estampó un interesante garabato que aún conservo. Entonces le admiraba, admiraba a gente. Me gustaría leer ese de Pelando la cebolla. Cuantos libros querría leer uno. El último de Trapiello, sin ir más lejos. Todo Thomas Wolfe. Roberto Artl, que dijo de sí mismo que era el mejor escritor. Aira, las diez novelas que me han enviado en un sólo tomo, más el libro explicativo del universo Aira. Los relatos de Ginzburg que tengo empezados. Y, bien, son balsámicos. Ofrecen la información en su medida justa. Como una música, que ha dicho antes Eloy Tizón sobre los buenos relatos. Hay muchos escritores con dedos como pollas, con perdón, a sus teclados.

Sala de Columnas para el concierto de un Ruper Ordorika que me genera una nostalgia rara, que daría para otro post, y vamos a centrarnos en la espectadora que tengo tras de mí, y que me ha localizado con sus antenas de escritora, porque eso se nota. Una escritora consagrada, sea eso lo que sea, y que nunca ha logrado seducirme con su palabra. No veo música en sus textos sino ciencia. Veo un intento de ir a lo complicado y no a lo sencillo. Ficción sobre ficción, como los relatos sobre los sueños, demasiado para mí. Al terminar el concierto, nos cruzamos la mirada y se produce el no saludo. A partir de cierta edad, la timidez es mala educación. A partir de cierta edad, no se lucha, tampoco, contra la mala educación. Y la mala educación esconde entonces un fondo de rechazo, una antipatía que se activa antes que otra cosa. Están los que tienden a la sonrisa y los que tuercen el gesto. Los que te ponen en un saco, a priori, los se enseñorean en el pelotón de la discordia, porque ellos son los justos y al enemigo, ese prurito belicista aún pervive, ni agua.

En ese girar la cabeza percibo todo el sectarismo que atravesó España de parte a parte. Esa cosa de estás conmigo o contra mí. Esa mala baba que está por encima, o por debajo, de ideologías.  Me sirve en caso, para desempolvar este blog, que ni está ni se le espera. Qué pena, en cualquier caso. Esa mustiez.

 

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Impostor

Entre las brumas de las conversaciones de ayer, demasiados estímulos, emociones, gente, vinos, abrazos, humor de todos los colores, el tema de si uno es o no es, ¿se puede no serlo?, en cierta manera un impostor en sus cosas, en lo que hace. Me acordé de la Nobel de literatura Alice Munro, que reconocía que cada vez que le encargaban dar una charla, o hacer  una entrevista, se sentía como una impostora. Me hubiera gustado ahondar más en el tema, roto rápido por la llegada de nuevos asuntos. Como si cierta impostura fuera lo natural. Hasta el padre, que ha seguido el concurso biológico de las cosas, se siente impostor cuando habla al hijo.

Fuera del tiempo

Debe de ser duro asumir, aunque dudo que esto se haga en toda su crudeza, que tu tiempo ya pasó. Que los intentos por recuperar ese tren son inútiles: se pasó tu momento y es imposible ya alcanzar ningún tipo de zeitgeist. Tratar de hacerlo por la vía de la impostura resulta peor aún. ¿Hubo alguna otra vía? Quieres creer que sí, que hubo, en algún momento, algo auténtico. Una extraña forma de vida asumida desde la vocación, la autenticidad.

Por eso, quizá, ese saberse fuera de todo y de todos, ninguneado hasta por los que un día fueron tuyos, lo único que cabe esperar es desprecio, envidieja vil, hacia los que hacen algo, desde el corazón, desde la humildad, no reñida esta con la ambición, desde las dificultades del no tener nombre todavía, desde una ilusión pura en las antípodas de esa novela que alguien debería escribir, intitulada La gran decepción.

brasaiiiii
Brassaï

El año se despliega

Decía Gombrich que las fechas son los clavos que fijan el gran tapiz de la historia. Me encantó aquel libro, Historia del Arte: No hay arte, hay artistas, recuerdo que empezaba. Recuerdo también haber dejado aquel tocho encima del techo del Fiat Bravo de entonces, mientras me quitaba el abrigo, junto a Las ninfas de Umbral, y no volver a saber nada de aquellos dos tomos. El segundo me lo había dejado un amigo y me preocupé, aunque pasaran meses, quizá años, en hacerme con otro y devolvérselo. No hay literatura, sólo escritores.

El año se despliega a partir de enero cuando se empiezan a acumular en el horizonte fechas concretas que significan planes, viajes, vida. Lo otro, el tiempo ordinario, también es vida, pero se vive más con esos planes en el porvenir. Así, acaba siendo incluso extraordinario, ese tiempo, en su poquedad. Como el martes pasado al proyectar mentalmente, en la mesa de mi cocina, con una Mahou del frigo, un regreso veraniego a Italia. De Nápoles hacia el sur, pasando por la costa Amalfitana.

Me gustan los años impares para viajar. Quizá esos sean los extraordinarios y los pares los ordinarios, creando en ese contraste, en esa sinergia, el equilibrio perfecto.

Esos viajes ya reservados, las entradas para algún concierto ya adquirida, Dominique A, Mark Knopfler, disipan las brumas del futuro y generan una calma nueva. Deja que la vida se haga cargo de ti, decía la profesora de yoga. Sin esfuerzo. Lo extraordinario y lo ordinario. El año que se despliega, como un tapiz con fechas pequeñas, las tuyas. Lyon, junio. Lanzarote, febrero. Viajar lo justo para sentir aún la emoción del viaje.

La madre hostiable

Sábado por la tarde, el centro de Madrid abarrotado, compradores de lotería, seguidores de Boca, hinchas de River, manchegos de compras, vascos de turismo, catalanes exiliados de fin de semana, franceses que hacen fotos, japoneses que leen guías del ocio, pelmas que se hacen selfis donde más tránsito de gente se agolpa, guardias municipales que distribuyen, cosa nunca vista (por mí), el tráfico humano: por aquí no se puede, dé la vuelta. La riada humana.

Encuentro un remanso de paz en la zona de Ópera cuando, al subir la calle Independencia, doy con una señora, obesa ella, atizando una brutal sarta de cachetes en el culo a uno de sus hijos. «¡No quiero verte más!», añade. Antes, he visto cómo zarandeaba la cara del otro chaval, cuyo rostro concentra tanto el horror como la incredulidad. ¿Cómo puede un ser adulto actuar así? ¿Qué tipo de mundo me espera? ¿Por qué no me enseñaron esto en el colegio? A su lado, un padre blandengue, que diría el Fary, hace como que la cosa no va con él. Me parece más hostiable incluso que la madre aporreadora.

Me hierve la sangre y más cuando hago como que no pasa nada. Como si, ¡seré gilipollas!, no quisiera molestar a la familia en su particular proceso educativo. Joder. A toro pasado, como buen/mal flâneur, me condeno por mi inacción, aunque también temo de mí mismo. Porque mi primera reacción, mi deseo más pujante, habría sido aplicarle el mismo palizón a la señora obesa, e insisto en lo de obesa porque hay ciertas obesidades que indican abandono, una muerte en vida tan sólo aliviada por la ingesta temeraria de calorías: la gordura como evidencia del desarreglo, de la mancha, por no decir tara, humana.

Pero no quiero tanto cargar contra esa indeseable sujeta como mostrar un haz de esperanza a los chavales. Y dándole un mamporro a la doña quizá habría sido peor, al lanzar un mensaje de violencia sobre la violencia. El correctivo oral habría sido mejor, detener a la mujer, mirarle a la cara, les yeux dans le yeux, y decirle: «Sus hijos no merecen una madre así».

¿Cómo devolver la inocencia a ese niño? ¿Será capaz de recuperarla algún día?

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Vanidades pereza

Quizá la lucha más importante del hombre sea matar al animal de la vanidad. No del todo, para que siga sirviendo de combustible a veces necesario para no caer en una inacción lindante con la desidia.

Pero, ay, vivir para saciar a ese animalito, no. Hacer lo justo, siempre. El mínimo posible que genere lo máximo; he ahí, propongo, un verdadero arte al alcance de unos pocos.

Ese hacer demasiado y lograr tan poco, colijo ahora, como el más desatinado de las derrotas, nunca peor dicho, vitales. Eso genera una desazón intestina que en el mejor de los casos se puede tratar de dar la vuelta en forma de sonrisas más falsas que las de la Pantoja.

La vanidad nos hace esclavos y, si además aún no te la has quitado de encima en el principio de la senectud, la cosa toma tintes como de periferia del patetismo. A Saramago se le puede perdonar, como deja entrever en ‘Cuaderno del Nobel’, o algo así, perdonen la pereza digital, porque, coño, le iban a dar el Nobel. A él, que nació en un pueblo inane y portugués, que fue tornero fresador y que sólo cuarentón se puso a juntar palabras.

A veces me veo a mí en los otros pero es un recuerdo, más bien, que va de la nostalgia al orgullo de padre.

El misterio del otro

Proyección de ‘Mudar la piel’, sobre el mediador de paz Juan Gutiérrez y su peculiar relación con ‘Roberto’, miembro del antiguo CESID que le espiaba y a la vez ofrecía su amistad. Gutiérrez, sonriente, gesto de estrecharse las manos a sí mismo y alzarlas, octogenario risueño, me pareció las antípodas de ETA. Y las antípodas de ETA no son ese Jaime Mayor Oreja del que, dijo, no se fiaban en el PNV y acabó arrumbando cualquier cauce de negociación, sino la bonhomía de alguien capaz de hablar del misterio del otro. Aunque sea el enemigo. Buscar la paz entre los buenos, sería demasiado fácil, dijo también. Para el trabajo sucio de la paz hay que bajar al pozo.

Todos guardamos un misterio, pero no hay sacarlo con sacacorchos, a la fuerza (en evidente alusión a los servicios secretos, a las fuerzas de seguridad, etc.), sino a través de la confianza. A veces es difícil con muertos cada día impar, pero es la única manera.

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Amador Fernández-Savater y Juan Gutiérrez, en el coloquio tras la proyección en el CBA

‘Un final para Benjamin Walter’ o la antificción

El término lo soltó de soslayo irónico Miguel Ángel Hernández en la presentación de El dolor de los demás en Madrid. Antificción. Me gustó. Le comenté que haría algo con él. Estuve rumiando algo, no mucho, hasta que di con una novela —‘Un final para Benjamin Walter’, que Álex Chico publicó en Candaya en noviembre de 2017— que reflejaba lo que quería decir. Aquellos elementos que caracterizaban ese ¿nuevo? género, que tiene más de novela autobiográfica que de autoficción, pero sobre todo de novela en marcha. Los diarios de Trapiello, ahora que pienso, también podrían ser antificción. Una novela en bruto. Por hacer. La novela futura.

Vicente Luis Mora definió la novela de Hernández como autonovela (nota mental: leer La literatura egódica, de VLM), por aquello de que sea una novela autorreferecial, autobiográfica, autotodo pero, más que basada en hechos reales, construida sobre hechos reales. De no ser así, no habría padecido esos nervios en la presentación en casa, Murcia, ni habría sufrido, Miguel Ángel, esas pesadillas ni ulteriores consultas con especialistas del alma varios. La novela autobiográfica tiene algo de disección, en sentido literal, y por ahí se cuela mucho frío. ¿Es más o menos verdad que la ficción? Quizá sea más incómoda. Quizá sea demasiado verdad. Como rajarte el tórax para comprobar, ver para creer, que tu corazón bombea.

Al propio Miguel Ángel Hernández le han organizado unas jornadas en breve sobre «autoficción», en otra demostración de lo complicado que se hace este término que si por algo se puede definir, es por romper o cuando menos dejar en suspenso el pacto autobiográfico. Es decir, en una autoficción —pensemos en Cocaína, de Daniel Fernández— uno no se cree todo lo que le cuentan, aunque es más que probable que el autor de esta novela haya consumido no pocas veces la sustancia aludida en el título y el lector disfrute con ese morbo de lo vivido/narrado. Pero en una novela autobiográfica, como es El dolor de los demás, se asume que la mayoría de los hechos que se cuentan son «verdad», entendiendo por «verdad» aquello que pueda ser refrendado por otros y por las fuentes documentales. Como el crimen que se narra en esa novela y que se puede consultar en las hemerotecas. Por lo tanto, no sería autoficción como tal. Literatura sí, por su vocación de iluminar zonas oscuras y no tanto perseguir una respuesta concreta.

En Un final para Benjamin Walter, de Álex Chico, vemos un texto que se antoja autobiográfico, un tipo que acude a Portbou empujado por unas motivaciones personales, íntimas, abstractas, tirando a poéticas, que no puede ser sino Álex Chico, no en un formato alter ego, sino en su versión autobiográfica. Estuve en Portbou y lo conté. Sin embargo, y estas son algunas de las trampas, o al menos puntos grises de la autoficción, personajes como el de Sílvia Monferrer nos sacan de la clave autobiográfica, pero sin que tengamos indicios para intuir que es un personaje. Lo que nos recuerda al artículo de Iban Zaldua y a una reflexión con la que coincido:

«En la autoficción, sin embargo, se rompe esa regla, porque el escritor se arroga el derecho de plantar mentiras y fantasías donde quiere y cuando quiere y, por lo tanto, el lector nunca puede estar seguro de qué partes de la obra quiere hacer llegar como “verdad” y cuáles no…».

Quicir, si me estás contando tu viaje a Portbou como algo real, motivado por un reportaje o una ulterior investigación, y luego me cuelas a personajes como reales pero que son ficción pura, lo mismo me mosqueo. Los pactos (biográficos, novelescos) claros, y el chocolate espeso. Y si hay un juego especular, también mola que se pille esa clave.

Me pierdo

A Javier Cercas se lo perdonamos en Soldados de Salamina porque la jugada le salió maestra. Pero no deja de ser una broma, un vacile a los lectores que de repetirse se convertirán en detractores (o detra-lectores). Como tienen algo de vacile raro las referencias a una tal Helène Desnós, autora de Lieux de mémoire, cuyo nombre sólo figura en internet atribuido a una gimnasta y sí en cambio aparece en Google Robert Desnos, dentro de la web Chemins de mémoire. Quizá sea un ejercicio borgesiano, esa cosa —pillada por cierto de Marcel Schwob— de jugar a la erudición inventada. Pero en Borges hay una búsqueda de la verosimilitud, una transgresión lúdica, que se intuye provocadora, dentro de un universo de ficción. En este caso no le veo el punto; quizá pequé de cerdo al que se le dio una margarita, que todo puede ser.

Dice el autor de Un final para Benjamin Walter en esta entrevista que su gran propósito literario es ser capaz de construir una obra que pueda leerse desde todos los géneros. El problema de tan noble propósito es que aspires a todos y te quedes en ninguno. O, en su defecto, en un brillante ejercicio de antificción. Llegados a este punto, diremos que por antificción entenderíamos aquella novela que parece autobiográfica pero que tampoco lo es del todo, que parece tener una dirección pero no la tiene del todo, que incluye unos personajes que parecen reales pero luego no lo son, que te ofrece un pacto (autobiográfico), pero que luego te da otro (novelesco, pero sin pasarnos en dimensión simbólica) y que ante todo tiene mucho de work in progress. Es decir, la novela de la novela que te voy haciendo y que luego no resulta ser tan novela, precisamente por esa alusión a su propia condición literaria.

Dice Cercas que la novela no es el género de las respuestas, pero tampoco puede ser sólo el de las preguntas. En la novela de Chico me temo que hay más preguntas que palabras esdrújulas, amén de una profusión tal de adjetivos como «difuso», «fronterizo» o «nebuloso» que a ratos se hace preciso el consumo de Biodramina para proseguir con la lectura.

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Calidad dispersa

Quien haya llegado hasta aquí quizá piense que no me ha gustado el libro de Chico o que me parece malo. Pues ni una cosa ni otra; como lector omnívoro que soy, he disfrutado mucho de sus pasajes —guiño— y la descripción —toques de Pla— que hace de ese lugar que es Portbou, al que yo definiría con un término de mi cosecha: arrealista. Hay calidad en las páginas de Chico, hay hondura, hay mirada, hay madurez, hay un análisis sociológico-histórico-demográfico-poético de Portbou que da gusto leer. Como los merodeos por la obra de Dani Karavan, el impresionante homenaje a Benjamin que, ahora sí, es real en el libro.

He subrayado varios párrafos dedicados a Portbou y su declive postMaastrich, en lo que son para mí las fortalezas mayores de esta novela que diré experimental. Pero también una frase que creo que resume las debilidades de la misma: «Buena parte de las cosas que escribimos guarda el germen de algo que aún está por venir, como una semilla o un presagio».

Decía Carlos Pardo —uno de los pocos críticos que aún se atreven a señalar los aciertos pero también los desaciertos— que en la novela de Carlos Iturbe, ‘A cielo abierto’, veía todo menos la novela.

Una novela no debe ser sólo preguntas. Tampoco respuestas, como apunta Cercas, pero sí debe existir un punto ciego. ¿Está loco don Quijote? ¿Por qué Moby-Dick es blanca? ¿Hizo bien Raskólnikov al matar a la vieja? Una pregunta que motiva la lectura, el afán del protagonista, y que puede responderse o no, pero que nos mantiene en tensión. En Un final para Benjamin Walter no he encontrado esa fuerza narrativa y sí, como él mismo dice, una «novela de ensayo ficción», pero sin la tensión de la novela ni la contundencia argumental de un ensayo. Un rosario de cascotes preciosos repartidos por el suelo y que quizá sean el mejor monumento a Portbou, es decir, al no lugar, a la no-novela. A la antificción

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Walter Benjamin, registrado como Benjamin Walter en el último hotel que pisó.

 

 

 

 

 

Nueva Mudanza

Un barrio así llamado, en el que no pararan de llegar nuevos vecinos. Tendría algo de barrio maldito, porque esos vecinos cubrirían el hueco dejado por otros, sin preguntar el motivo de su decepción, de su marcha por la puerta de atrás. Como aquel centro comercial, Avenida, en que sólo sobrevivía una tienda, de videojuegos, mientras el resto, peluquerías, pajarerías, restaurantes y agencias de viajes apenas duraban un año. La de los videojuegos también murió hace un tiempo; otra de las víctimas de internet, esa herramienta que ha ido dejando cadáveres por el camino al tiempo que creaba nuevas vidas, más miserables me temo.

Nueva Numancia. Próximo destino. Tras más de diez y menos de quince mudanzas desde que me instalé de modo regular en Madrid hace trece años, este asentamiento será más largo, a pesar de su quinto piso sin ascensor. Está previsto instalar ascensor. Votaré favorable en la reunión de la comunidad. Adiós al alquiler. El alquiler es una estafa que se nos vende mientras somos jóvenes cuando hay formas mucho menos serviles de acceder a la vivienda. Lo jodido es conseguirlas, claro, esas formas, digo, tal y cómo está montado todo. Me costó pillarlo, supongo que estaría distraído en Twitter.

Son días raros estos, entre la melancolía y la euforia. Aquello del cangrejo ermitaño que cambia la concha y la desazón que sobreviene cuando el cambio, ese estar en un ninguna parte, ni despidiéndote ni haciéndote al nuevo territorio. No Time, No Space, ya lo dijo Battiato antes que Marc Augé.

A pesar de quedarme aún una semana en la buhardilla de la calle Moratín, este domingo he metido casi toda mi vida en cajas. La estancia adquiere así un tono de provisionalidad que hace más fácil el preduelo inmobiliario. Vaciadas las estanterías, el continente es el mismo pero el contenido ya no es el que fue. Quedan, eso sí, los recuerdos, el aliento de las sombras de quien pasó por sus rincones. Sensación familiar ésta; será bienvenida la Nueva Mudanza, Nueva Numancia, y su pretensión de permanencia.

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‘Moving Day’ (Erda Estremera)