La memoria

Una frase rescatada de la presentación de Cerrar los ojos, de Santiago Casero González. Que «la memoria sirve también para olvidar». Con su capacidad deformadora, con su vocación caleidoscópica, con su afán, también, de destruir.

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La madre hostiable

Sábado por la tarde, el centro de Madrid abarrotado, compradores de lotería, seguidores de Boca, hinchas de River, manchegos de compras, vascos de turismo, catalanes exiliados de fin de semana, franceses que hacen fotos, japoneses que leen guías del ocio, pelmas que se hacen selfis donde más tránsito de gente se agolpa, guardias municipales que distribuyen, cosa nunca vista (por mí), el tráfico humano: por aquí no se puede, dé la vuelta. La riada humana.

Encuentro un remanso de paz en la zona de Ópera cuando, al subir la calle Independencia, doy con una señora, obesa ella, atizando una brutal sarta de cachetes en el culo a uno de sus hijos. «¡No quiero verte más!», añade. Antes, he visto cómo zarandeaba la cara del otro chaval, cuyo rostro concentra tanto el horror como la incredulidad. ¿Cómo puede un ser adulto actuar así? ¿Qué tipo de mundo me espera? ¿Por qué no me enseñaron esto en el colegio? A su lado, un padre blandengue, que diría el Fary, hace como que la cosa no va con él. Me parece más hostiable incluso que la madre aporreadora.

Me hierve la sangre y más cuando hago como que no pasa nada. Como si, ¡seré gilipollas!, no quisiera molestar a la familia en su particular proceso educativo. Joder. A toro pasado, como buen/mal flâneur, me condeno por mi inacción, aunque también temo de mí mismo. Porque mi primera reacción, mi deseo más pujante, habría sido aplicarle el mismo palizón a la señora obesa, e insisto en lo de obesa porque hay ciertas obesidades que indican abandono, una muerte en vida tan sólo aliviada por la ingesta temeraria de calorías: la gordura como evidencia del desarreglo, de la mancha, por no decir tara, humana.

Pero no quiero tanto cargar contra esa indeseable sujeta como mostrar un haz de esperanza a los chavales. Y dándole un mamporro a la doña quizá habría sido peor, al lanzar un mensaje de violencia sobre la violencia. El correctivo oral habría sido mejor, detener a la mujer, mirarle a la cara, les yeux dans le yeux, y decirle: «Sus hijos no merecen una madre así».

¿Cómo devolver la inocencia a ese niño? ¿Será capaz de recuperarla algún día?

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Vanidades pereza

Quizá la lucha más importante del hombre sea matar al animal de la vanidad. No del todo, para que siga sirviendo de combustible a veces necesario para no caer en una inacción lindante con la desidia.

Pero, ay, vivir para saciar a ese animalito, no. Hacer lo justo, siempre. El mínimo posible que genere lo máximo; he ahí, propongo, un verdadero arte al alcance de unos pocos.

Ese hacer demasiado y lograr tan poco, colijo ahora, como el más desatinado de las derrotas, nunca peor dicho, vitales. Eso genera una desazón intestina que en el mejor de los casos se puede tratar de dar la vuelta en forma de sonrisas más falsas que las de la Pantoja.

La vanidad nos hace esclavos y, si además aún no te la has quitado de encima en el principio de la senectud, la cosa toma tintes como de periferia del patetismo. A Saramago se le puede perdonar, como deja entrever en ‘Cuaderno del Nobel’, o algo así, perdonen la pereza digital, porque, coño, le iban a dar el Nobel. A él, que nació en un pueblo inane y portugués, que fue tornero fresador y que sólo cuarentón se puso a juntar palabras.

A veces me veo a mí en los otros pero es un recuerdo, más bien, que va de la nostalgia al orgullo de padre.

El misterio del otro

Proyección de ‘Mudar la piel’, sobre el mediador de paz Juan Gutiérrez y su peculiar relación con ‘Roberto’, miembro del antiguo CESID que le espiaba y a la vez ofrecía su amistad. Gutiérrez, sonriente, gesto de estrecharse las manos a sí mismo y alzarlas, octogenario risueño, me pareció las antípodas de ETA. Y las antípodas de ETA no son ese Jaime Mayor Oreja del que, dijo, no se fiaban en el PNV y acabó arrumbando cualquier cauce de negociación, sino la bonhomía de alguien capaz de hablar del misterio del otro. Aunque sea el enemigo. Buscar la paz entre los buenos, sería demasiado fácil, dijo también. Para el trabajo sucio de la paz hay que bajar al pozo.

Todos guardamos un misterio, pero no hay sacarlo con sacacorchos, a la fuerza (en evidente alusión a los servicios secretos, a las fuerzas de seguridad, etc.), sino a través de la confianza. A veces es difícil con muertos cada día impar, pero es la única manera.

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Amador Fernández-Savater y Juan Gutiérrez, en el coloquio tras la proyección en el CBA

‘Un final para Benjamin Walter’ o la antificción

El término lo soltó de soslayo irónico Miguel Ángel Hernández en la presentación de El dolor de los demás en Madrid. Antificción. Me gustó. Le comenté que haría algo con él. Estuve rumiando algo, no mucho, hasta que di con una novela —‘Un final para Benjamin Walter’, que Álex Chico publicó en Candaya en noviembre de 2017— que reflejaba lo que quería decir. Aquellos elementos que caracterizaban ese ¿nuevo? género, que tiene más de novela autobiográfica que de autoficción, pero sobre todo de novela en marcha. Los diarios de Trapiello, ahora que pienso, también podrían ser antificción. Una novela en bruto. Por hacer. La novela futura.

Vicente Luis Mora definió la novela de Hernández como autonovela (nota mental: leer La literatura egódica, de VLM), por aquello de que sea una novela autorreferecial, autobiográfica, autotodo pero, más que basada en hechos reales, construida sobre hechos reales. De no ser así, no habría padecido esos nervios en la presentación en casa, Murcia, ni habría sufrido, Miguel Ángel, esas pesadillas ni ulteriores consultas con especialistas del alma varios. La novela autobiográfica tiene algo de disección, en sentido literal, y por ahí se cuela mucho frío. ¿Es más o menos verdad que la ficción? Quizá sea más incómoda. Quizá sea demasiado verdad. Como rajarte el tórax para comprobar, ver para creer, que tu corazón bombea.

Al propio Miguel Ángel Hernández le han organizado unas jornadas en breve sobre «autoficción», en otra demostración de lo complicado que se hace este término que si por algo se puede definir, es por romper o cuando menos dejar en suspenso el pacto autobiográfico. Es decir, en una autoficción —pensemos en Cocaína, de Daniel Fernández— uno no se cree todo lo que le cuentan, aunque es más que probable que el autor de esta novela haya consumido no pocas veces la sustancia aludida en el título y el lector disfrute con ese morbo de lo vivido/narrado. Pero en una novela autobiográfica, como es El dolor de los demás, se asume que la mayoría de los hechos que se cuentan son «verdad», entendiendo por «verdad» aquello que pueda ser refrendado por otros y por las fuentes documentales. Como el crimen que se narra en esa novela y que se puede consultar en las hemerotecas. Por lo tanto, no sería autoficción como tal. Literatura sí, por su vocación de iluminar zonas oscuras y no tanto perseguir una respuesta concreta.

En Un final para Benjamin Walter, de Álex Chico, vemos un texto que se antoja autobiográfico, un tipo que acude a Portbou empujado por unas motivaciones personales, íntimas, abstractas, tirando a poéticas, que no puede ser sino Álex Chico, no en un formato alter ego, sino en su versión autobiográfica. Estuve en Portbou y lo conté. Sin embargo, y estas son algunas de las trampas, o al menos puntos grises de la autoficción, personajes como el de Sílvia Monferrer nos sacan de la clave autobiográfica, pero sin que tengamos indicios para intuir que es un personaje. Lo que nos recuerda al artículo de Iban Zaldua y a una reflexión con la que coincido:

«En la autoficción, sin embargo, se rompe esa regla, porque el escritor se arroga el derecho de plantar mentiras y fantasías donde quiere y cuando quiere y, por lo tanto, el lector nunca puede estar seguro de qué partes de la obra quiere hacer llegar como “verdad” y cuáles no…».

Quicir, si me estás contando tu viaje a Portbou como algo real, motivado por un reportaje o una ulterior investigación, y luego me cuelas a personajes como reales pero que son ficción pura, lo mismo me mosqueo. Los pactos (biográficos, novelescos) claros, y el chocolate espeso. Y si hay un juego especular, también mola que se pille esa clave.

Me pierdo

A Javier Cercas se lo perdonamos en Soldados de Salamina porque la jugada le salió maestra. Pero no deja de ser una broma, un vacile a los lectores que de repetirse se convertirán en detractores (o detra-lectores). Como tienen algo de vacile raro las referencias a una tal Helène Desnós, autora de Lieux de mémoire, cuyo nombre sólo figura en internet atribuido a una gimnasta y sí en cambio aparece en Google Robert Desnos, dentro de la web Chemins de mémoire. Quizá sea un ejercicio borgesiano, esa cosa —pillada por cierto de Marcel Schwob— de jugar a la erudición inventada. Pero en Borges hay una búsqueda de la verosimilitud, una transgresión lúdica, que se intuye provocadora, dentro de un universo de ficción. En este caso no le veo el punto; quizá pequé de cerdo al que se le dio una margarita, que todo puede ser.

Dice el autor de Un final para Benjamin Walter en esta entrevista que su gran propósito literario es ser capaz de construir una obra que pueda leerse desde todos los géneros. El problema de tan noble propósito es que aspires a todos y te quedes en ninguno. O, en su defecto, en un brillante ejercicio de antificción. Llegados a este punto, diremos que por antificción entenderíamos aquella novela que parece autobiográfica pero que tampoco lo es del todo, que parece tener una dirección pero no la tiene del todo, que incluye unos personajes que parecen reales pero luego no lo son, que te ofrece un pacto (autobiográfico), pero que luego te da otro (novelesco, pero sin pasarnos en dimensión simbólica) y que ante todo tiene mucho de work in progress. Es decir, la novela de la novela que te voy haciendo y que luego no resulta ser tan novela, precisamente por esa alusión a su propia condición literaria.

Dice Cercas que la novela no es el género de las respuestas, pero tampoco puede ser sólo el de las preguntas. En la novela de Chico me temo que hay más preguntas que palabras esdrújulas, amén de una profusión tal de adjetivos como «difuso», «fronterizo» o «nebuloso» que a ratos se hace preciso el consumo de Biodramina para proseguir con la lectura.

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Calidad dispersa

Quien haya llegado hasta aquí quizá piense que no me ha gustado el libro de Chico o que me parece malo. Pues ni una cosa ni otra; como lector omnívoro que soy, he disfrutado mucho de sus pasajes —guiño— y la descripción —toques de Pla— que hace de ese lugar que es Portbou, al que yo definiría con un término de mi cosecha: arrealista. Hay calidad en las páginas de Chico, hay hondura, hay mirada, hay madurez, hay un análisis sociológico-histórico-demográfico-poético de Portbou que da gusto leer. Como los merodeos por la obra de Dani Karavan, el impresionante homenaje a Benjamin que, ahora sí, es real en el libro.

He subrayado varios párrafos dedicados a Portbou y su declive postMaastrich, en lo que son para mí las fortalezas mayores de esta novela que diré experimental. Pero también una frase que creo que resume las debilidades de la misma: «Buena parte de las cosas que escribimos guarda el germen de algo que aún está por venir, como una semilla o un presagio».

Decía Carlos Pardo —uno de los pocos críticos que aún se atreven a señalar los aciertos pero también los desaciertos— que en la novela de Carlos Iturbe, ‘A cielo abierto’, veía todo menos la novela.

Una novela no debe ser sólo preguntas. Tampoco respuestas, como apunta Cercas, pero sí debe existir un punto ciego. ¿Está loco don Quijote? ¿Por qué Moby-Dick es blanca? ¿Hizo bien Raskólnikov al matar a la vieja? Una pregunta que motiva la lectura, el afán del protagonista, y que puede responderse o no, pero que nos mantiene en tensión. En Un final para Benjamin Walter no he encontrado esa fuerza narrativa y sí, como él mismo dice, una «novela de ensayo ficción», pero sin la tensión de la novela ni la contundencia argumental de un ensayo. Un rosario de cascotes preciosos repartidos por el suelo y que quizá sean el mejor monumento a Portbou, es decir, al no lugar, a la no-novela. A la antificción

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Walter Benjamin, registrado como Benjamin Walter en el último hotel que pisó.

 

 

 

 

 

Nueva Mudanza

Un barrio así llamado, en el que no pararan de llegar nuevos vecinos. Tendría algo de barrio maldito, porque esos vecinos cubrirían el hueco dejado por otros, sin preguntar el motivo de su decepción, de su marcha por la puerta de atrás. Como aquel centro comercial, Avenida, en que sólo sobrevivía una tienda, de videojuegos, mientras el resto, peluquerías, pajarerías, restaurantes y agencias de viajes apenas duraban un año. La de los videojuegos también murió hace un tiempo; otra de las víctimas de internet, esa herramienta que ha ido dejando cadáveres por el camino al tiempo que creaba nuevas vidas, más miserables me temo.

Nueva Numancia. Próximo destino. Tras más de diez y menos de quince mudanzas desde que me instalé de modo regular en Madrid hace trece años, este asentamiento será más largo, a pesar de su quinto piso sin ascensor. Está previsto instalar ascensor. Votaré favorable en la reunión de la comunidad. Adiós al alquiler. El alquiler es una estafa que se nos vende mientras somos jóvenes cuando hay formas mucho menos serviles de acceder a la vivienda. Lo jodido es conseguirlas, claro, esas formas, digo, tal y cómo está montado todo. Me costó pillarlo, supongo que estaría distraído en Twitter.

Son días raros estos, entre la melancolía y la euforia. Aquello del cangrejo ermitaño que cambia la concha y la desazón que sobreviene cuando el cambio, ese estar en un ninguna parte, ni despidiéndote ni haciéndote al nuevo territorio. No Time, No Space, ya lo dijo Battiato antes que Marc Augé.

A pesar de quedarme aún una semana en la buhardilla de la calle Moratín, este domingo he metido casi toda mi vida en cajas. La estancia adquiere así un tono de provisionalidad que hace más fácil el preduelo inmobiliario. Vaciadas las estanterías, el continente es el mismo pero el contenido ya no es el que fue. Quedan, eso sí, los recuerdos, el aliento de las sombras de quien pasó por sus rincones. Sensación familiar ésta; será bienvenida la Nueva Mudanza, Nueva Numancia, y su pretensión de permanencia.

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‘Moving Day’ (Erda Estremera)

 

Pasarse de virtuoso

Uno tiende a pensar que hay actitudes en las que no es posible pasarse por exceso. Nadie miraría mal a quien se pase de bueno, de altruista, de solidario. Nadie se mete con Vicente Ferrer. Yo tampoco. Pero quizá no sea bueno pasarse de, no sé, pensar. Hay que matar la mente, dicen los sabios. El controvertido Osho invitaba a dejar la mente y los egos fuera de su resort religioso. En la escuela de yoga que frecuento, se conforman con que dejes los zapatos y el ego fuera.

Pasarse de moral. Ser tan humano que acabes convirtiéndote en una derivación no inhumana pero sí algo alineada. Ser vegano, quizá, tenga algo que ver con ese pasarse. Lo demuestra el hecho de que el vegano medio esté obsesionado por incorporar sucedáneos de la carne a su dieta vegetal: salchichas de tofu, hamburguesas de seitán, quesos de garbanzos. Parecen unos eternos nostálgicos del bien abandonado, al que se dedican a evocar en curiosas recreaciones. Un vivir en el sucedáneo que quizá pueda desarrollarse, entenderse, desde la perspectiva del diván. Y luego están los suplementos vitamínicos, B12, creo, que se consumen de manera artificial, digamos, al quedar vetada la carne, fuente natural de esos componentes.

Dejé a la mitad el último libro de relatos de Coetzee (pronúnciese cuchí) un poco por eso. Hay un relato que por un lado me conmovió y por otro me pareció enfermizo. Como un llevar la empatía hasta un exceso patologicoide. Ese réquiem, todo un relato, por unos pollitos, en la voz de una mujer entera y leída, más lista que sus hijos, ejemplar y díscola al mismo tiempo, que expone su pena no ya ante la masacre siria, por ejemplo, sino ante la comunidad pollera mundial, sacrificada diariamente en pos de la digamos salvaje necesidad alimentaria humana.

En su escalada supuestamente virtuosa, puede que ciertas causas acaben dándose la vuelta a sí mismas como un calcetín moral, resultando un si es no es obscena.  Como la imagen de aquel soldado que se dedica a salvar no a Ryan, sino a una mariposa cebra mientras el ejército invasor saquea la ciudad, viola a las mujeres, degolla a los niños y decapita a los ancianos.

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JM Coetzee, Nobel en 2003

Guiri

Mastico estos días la idea de comprarme Hippie, la última novela de Paulo Coelho. De su pensamiento se ha dicho que es «basura». ¿Cada letra de ese libro lo es? Estoy seguro de que en Mein Kampf debe haber al menos un puñado de ideas inspiradoras. Todos critican a Coelho, pero todos quisieran tener su cuenta corriente y esa suerte de estabilidad emocional para no querer más que a la mujer que quiere. Aunque es otra, dijo en la inefable entrevista. Se casó con otra. Je est un autre. Vamos, que la mujer va evolucionando, cambiando. Uno no es él mismo, no el mismo Paul McCartney que saca un disco ayer como el que canta Love me do. Aunque, de alguna manera sigue siendo el mismo (o no vendería un jodido disco).

Eso pensaba mientras veía el partido de la selección española en uno de esos sports-pub de Huertas, ejerciendo a ojos de los demás de seguidor inglés, dado que el partido era ING-ESP, y así todos se me acercaban en inglés, los camareros, pero también otros ingleses que me preguntaban cosas, a lo que yo respondía, cómo no, en inglés. Y cuando había una jugada de peligro para España, yo hacía aspavientos o hasta emitía algún bramido, para sorpresa de los demás.

Una novela llamada Guiri. La de alguien más castizo que el chotis al que confunden con guiri, por sus rasgos foráneos por herencia genealógica, en un mundo distópico, cómo no, en el que el guiri se ha convertido en el enemigo a batir, a guerrillear, a boicotear, a torturar en un sótano. O una novela, Guiri, más intimista, introspectiva, en la que el protagonista, más castizo que unos entresijos de la calle Embajadores, se siente en cambio no una cucaracha pero sí una salchicha bratwurst; nació de padres extremeños y toledanos, pero se siente guiri, ríe los chistes de los demás, pero no siempre los pilla, como tampoco las conversaciones, sus códigos morales, su ideología de pegote, su lo que sea. Y tal es esa extrañeza suya, como la de quien nació con vulva en vez de pene o viceversa, que va un día al registro y pide que donde pone Martínez ponga ahora Martinson.

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Paco Gómez

 

Tú, niño, en la historia

Cuenta Luis García Montero en Mañana no será lo que Dios quiera la guerra civil española vista con los ojos del poeta Ángel González.

Hoy voy a describir el campo de batalla (…), los árboles nevaron lentos frutos, era verano, era invierno, o más quizá, la vida entera aquel enorme día de combate.

A veces imagino a mi madre como la niña de las películas de Fernán-Gómez, de Saura, de JA Bardem. Ella estaba ahí, consciente, ser pequeño con memoria, en ese plano en blanco y negro que a mí me parece tan prodigioso viaje al pasado. Esas plazoletas, esos calcetines de, ¿cómo se llaman?, algodón blanco, juegos vetustos, cucañas, rayuelas, combas. Dulces viejísimos. Galletas con anís. Curas por las tardes de visita.

Quedan aún niños de la guerra, algunos pocos, prestos a morir sin que nadie les pregunte si tuvieron algún día que refugiarse en el metro de Madrid ante el aviso de bombardeo.

Fuimos niños en la historia y en muchas películas aparecemos. Podría ser tu madre, tu abuelo, podrías ser tú mismo. De hecho, hoy me vi en La mujer de al lado, que estrenó Truffaut en 1981. Tenía yo dos años entonces, los mismos que el hijo de Depardieu en la ficción, el mismo pelo a lo casco, el mismo rubio casi blanco. Ha llovido desde entonces. España coqueteaba con la vuelta al antiguo régimen. Yo estaba ahí, en la Historia, pero apenas me daba cuenta. Sí recuerdo pegar con cola los cromos del Mundial’ 82.

Siempre admiré, por esa cualidad prodigiosa de vivir en el pasado que comenté antes, a los que vivieron, recordaron, los cincuenta. Un poco también los sesenta. En breve, pasará lo mismo con aquellos que conservamos memoria de los ochenta.

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La mujer de al lado

Van más despacio los trenes de Tozeur

Llegados a este punto, a los casicuarenta, uno se pregunta si no debería volver a la casilla de salida o casi. A ese chaval septiañesco que escuchaba a Battiato en su cuarto, inventado, valga la redundancia, inventos. Sí, inventos en sentido literal, un invento basado en unos cordajes para cerrar la puerta desde la cama sin tener que levantarme o una especie de ventilador cuyas aspas, ampliadas con unos pedazos de una caja de galletas María, servían también para triturar moscardones. La infancia es cruel. Recuerdo disfrutar algunas tardes sometiendo a esos moscardones puntuales e impertinentes a largas travesías sobre terrenos infestados de Tipp-Ex. Aún me llega el olor químico de la tortura. Todos niño aloja a un pequeño Mengele en su interior.

Disfrutaba solo, sin tilde, en mi cuarto, para sorpresa de mis padres, que a veces entraban para interesarse por mi estado de ánimo, queriendo yo que se fueran cuanto antes, enviándoles energías disuasorias.  ¿No veis que estoy perfectamente? Hale, hale.

Ese yo, ese yo en mi cuarto, era mi yo más total, mi yo más yo. Hay que volver a ese yo. No digo que en estos años lo haya dejado de lado, ni mucho menos, pero a menudo he adulterado su pureza, su integridad, entrando en vías muertas.

Y por un instante retorna mi anhelo de vivir a distinta velocidad. Circulan aún más despacio los trenes de Tozeur.

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